martes, 18 de abril de 2017

¡El tiempo vuela! ¿Quieres sentir que tu vida dura más?

tiempo vuela

El día tiene 24 horas y las horas, 60 minutos. Pero por mucho que tengamos claro que todos los días y horas tienen la misma duración, no todos ellos parecen igual de largos. Es más, nos da la impresión de que con la edad el tiempo pasa cada vez más rápido y los meses y los años se nos van escapando de las manos. Y por si esto fuera poco, cuando estamos disfrutando parece que el tiempo vuela, pero cuando estamos impacientes o sufriendo sentimos como si se hubiera quedado congelado.

¿Por qué pasan estos fenómenos? Y, tal vez más importante, ¿hay alguna forma de usar estos mecanismos en nuestro beneficio?

¿Qué es el tiempo?

Contar con un sistema temporal de referencia cumple una función social muy importante, ya que nos permite ordenar sucesos y coordinarnos en las acciones que tendrán lugar en distintos intervalos. Por ello, distintas culturas a lo largo de la historia han establecido diferentes sistemas para medir el paso del tiempo, que en la actual sociedad globalizada han cristalizado en nuestros relojes y calendarios. Estos instrumentos, gracias al desarrollo científico y tecnológico, gozan actualmente de una gran precisión y objetividad.

Sin embargo, la manera en que concebimos, empleamos y percibimos el tiempo no es tan objetiva. Por ejemplo, la puntualidad no se concibe de la misma manera en Alemania que en la India. Asimismo, las sociedades anglosajonas tienen una concepción más estática y secuencial del tiempo que las latinas, en las que se percibe de forma más fluida, flexible e incluso más lenta.

Las personas aprendemos a estimar el paso del tiempo de acuerdo con referencias externas. Podríamos decir que “sincronizamos nuestro reloj interno con el reloj externo”. Una vez que hemos consolidado este aprendizaje, solemos ser capaces de identificar con una precisión razonable el tiempo transcurrido o la duración de un evento. Sin embargo, en determinadas circunstancias parece como si “nuestro reloj se desincronizase” y sentimos que el tiempo pasa demasiado rápido o demasiado despacio.

¿De qué depende nuestra percepción del paso del tiempo?

Aunque se han formulado distintas explicaciones a este tipo de fenómenos, una de las más extendidas es la planteada por Michael G. Flaherty, que defiende que la clave está en la densidad de la información (objetiva y subjetiva) que procesamos y almacenamos cuando tenemos una experiencia. A mayor cantidad de información novedosa asociada a una experiencia o tarea, más lentamente sentiremos que transcurre el tiempo, y viceversa.

Esto explicaría por qué cuando nos enfrentamos a una tarea novedosa o difícil sentimos que el tiempo pasa más despacio que ante tareas rutinarias y conocidas. También explicaría por qué a medida que crecemos sentimos que el tiempo pasa más deprisa, ya que cuando éramos niños la cantidad de experiencias y estímulos novedosos era mayor que en la edad adulta, momento en que nos acomodamos en nuestras rutinas y el entorno nos resulta más predecible y conocido.

A esto se suma el hecho de que, en nuestra infancia, un intervalo temporal determinado (p. ej., un año) se corresponde con una proporción mayor de nuestra experiencia vital total, mientras que según crecemos cada año supone un segmento mucho más pequeño de nuestra vida. Este fenómeno se plasma en este sobrecogedor gráfico en el que se muestra cómo cambia nuestra percepción del paso de los años.

La teoría de la densidad de la información también permitiría entender por qué en situaciones en que estamos más concentrados, o incluso meditando (es decir, centrando nuestra atención en estímulos presentes en la situación en lugar de dejarla divagar), el tiempo también parece transcurrir más lentamente, ya que intensificando la atención que prestamos a los estímulos también estamos aumentando la densidad de la información que procesamos. Esto encajaría con los planteamientos del “movimiento slow”, que propone dejar de lado las prisas y la estimulación constante a la que estamos sometidos, “saborear” los momentos y centrarnos en las experiencias del aquí y ahora, con el fin de disfrutar más del momento y generar la sensación de que el tiempo pasa a un ritmo más pausado.

Otro factor a tener en cuenta es la cantidad de atención que prestamos al paso del tiempo. En situaciones de espera, impaciencia o aburrimiento da la impresión de que los minutos pasan más despacio y esto parece verse explicado porque estamos más pendientes de la cantidad de tiempo que ha transcurrido, lo cual ralentiza nuestra experiencia.

Experimentar emociones negativas muy intensas también enlentece nuestra percepción temporal, creando un efecto de “cámara lenta”. Por ello, los momentos de dolor o angustia parecen eternizarse, tanto mientras los experimentamos como cuando los revivimos en nuestra memoria, ya que atendemos y almacenamos muchos más detalles en estas situaciones.

El efecto de las emociones positivas sobre la percepción temporal no resulta tan claro ni se ha analizado con tanto detenimiento. Algunos autores describen un estado de fluidez, en el que el tiempo pasa muy deprisa, y que se produce cuando estamos disfrutando de una actividad en la que estamos muy involucrados y concentrados hasta el punto de ignorar por completo el paso del tiempo. Por tanto, parece que estar ocupado a la par que entretenido acelera la percepción del paso del tiempo. En cambio, es posible que experimentar una emoción positiva muy intensa (con mucha densidad informativa), ya sea por las características intrínsecas de la situación o por el efecto de nuestra atención (“saborear el momento”) podría alargar la experiencia subjetiva.

En resumen, parece que percibimos que el tiempo pasa deprisa en situaciones en las que estamos bastante ocupados con actividades que tenemos bastante automatizadas o que nos resultan motivantes y entretenidas. En cambio, el tiempo parece que pasa más lentamente cuando estamos sufriendo o focalizando nuestra atención y pensamientos en los estímulos presentes en una situación, esperando a algo y prestando atención al paso del tiempo o en circunstancias novedosas, problemáticas o complejas que nos requieren procesar mayor cantidad de información novedosa. En circunstancias habituales que no se encuentren en ninguno de estos dos extremos, nuestra percepción del paso tiempo suele ajustarse bastante a la realidad.

¿Qué podemos hacer para ralentizar el paso del tiempo?

Del mismo modo que podemos hacer ciertos cambios en nuestros hábitos cotidianos para alargar la duración “objetiva” de nuestra vida (p. ej., hacer ejercicio, dejar el tabaco, llevar una alimentación más saludable…) también podemos hacer otros cambios que nos ayuden a alargar la duración “subjetiva” de nuestra vida, es decir, a sentirla como más larga y llena de experiencias.

Evidentemente, ciertos cambios, como infligirnos daños físicos o emocionales, aburrirnos o pensar continuamente en el paso del tiempo, aunque conseguirían este fin, no son nada recomendables, ya que empeorarían nuestra calidad de vida. Por ello, nos centraremos aquí en algunas sugerencias que nos puedan ayudar a mejorar tanto nuestro bienestar como la duración percibida de nuestro tiempo.

1. Aprende cosas nuevas y desarrolla habilidades: Como hemos visto, la novedad es uno de los principales determinantes de nuestra percepción del paso del tiempo. Aprender es una de las mejores maneras de aumentar la densidad informativa de una situación, sin contar con todas las demás ventajas que pueda tener. Nunca es tarde para plantearse aprender idiomas, leer libros sobre temas nuevos, practicar algún deporte o actividad al aire libre, aprender a bailar o a tocar algún instrumento o iniciarse en cualquier afición.

2. Haz cambios en algunas de tus rutinas: Las rutinas son útiles y necesarias. Nos permiten liberar la atención de lo accesorio y centrarla en lo que verdaderamente la requiere. Además, nos ayudan a mantener hábitos necesarios con menos esfuerzo que si tuviéramos que estar tirando siempre de “fuerza de voluntad”. Sin embargo, si hacemos una rutina inamovible de cada parte de nuestros días sentiremos que estos pasan en un suspiro y, echando la vista atrás, tendremos pocos recuerdos memorables. En cambio, introduciendo algunos cambios puedes contribuir a enriquecer tus experiencias cotidianas. Por ejemplo, cambia el itinerario que haces de camino al trabajo, plantéate cocinar alguna receta nueva todas las semanas, ponte de acuerdo con tu familia para que cada fin de semana sea uno el que elija la película que vais a ver, sorprende a tu pareja con una llamada o un gesto cariñoso inesperado, saca temas de conversación diferentes…

3. Viaja: Cuando viajamos nos vemos expuestos a nuevos estímulos, formas diferentes de hacer las cosas, rituales y comportamientos curiosos… Todo esto enriquece nuestras experiencias y, además, nos obliga a estar más atentos y a vivir el presente con más intensidad, ya que las actividades cotidianas (como desplazarnos o comunicarnos) se vuelven más desafiantes.

4. Pon freno al estrés: Cuando nos encontramos sobrecargados de tareas cotidianas que apenas nos da tiempo a hacer, ya sea en el trabajo o en casa, el resultado es que el tiempo pasa en un abrir y cerrar de ojos, acabando con la frustración de que el tiempo se ha esfumado y no nos ha dado tiempo a hacer todo lo que queríamos. Haz pausas, delega en otras personas, plantéate otras formas de organizar tu tiempo, etc. El resultado será, no solo una percepción menos apresurada del paso del tiempo, sino una mayor calidad de vida y probablemente mayor eficacia y productividad.

5. Experimenta el momento presente y saboréalo: Hacer pausas para contemplar nuestro entorno, fijarnos en cómo están las personas que nos rodean, entrar en contacto con nuestro cuerpo y nuestras sensaciones físicas, pararnos a disfrutar de la comida, del clima o de la compañía… son cosas muy sencillas que nos ayudarán a frenar la percepción del paso del tiempo. Presta atención a lo que está pasando aquí y ahora en lugar de estar “metido en tu cabeza” dando vueltas a tus preocupaciones y pasando de una actividad a otra. La práctica regular de la meditación puede ayudarte a conseguir este objetivo.

Photo Credit: Hombre relajado via Shutterstock

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jueves, 13 de abril de 2017

La importancia del Feng Shui en los centros sanitarios

feng shui

El Feng Shui se define como una disciplina ancestral china que busca la armonía de los espacios. Mantener un lugar acogedor y ordenado es esencial para obtener una sensación de bienestar. Hay lugares en los que esta filosofía puede ser más que beneficiosa, como son los centros sanitarios. La estancia en un hospital suele relacionarse con incomodidad, lo mejor que se puede hacer es intentar crear un lugar lo más agradable posible tanto para pacientes como para familiares. El Área de sanidad de El Corte inglés División Empresas se ha hecho eco de esta tendencia, influyendo en el equipamiento y material disponible en su catálogo destinado a esta área.

Un centro sanitario es el escenario perfecto para aplicar los puntos clave del feng shui, basado en los 5 elementos cardinales: el agua, la madera, el fuego, la tierra y el metal, esta disciplina tiene unas bases fundamentales fáciles de aplicar.

Distribución y orden

Es imprescindible mantener un orden y una orientación en la colocación del mobiliario, elegir un punto central a partir del cual girará el resto de la decoración. Las camas altas y adaptables separadas por biombos de colores cálidos, ayudan a mantener una habitación espaciosa y en plena armonía.

Los pasillos de un hospital también deben transmitir energía positiva, mobiliario como el armario de vitrinas Hidemar de color blanco, el carro de medicación de La pastilla, color pastel o una mesa Mayo de Hidemar es equipamiento que ayuda a mantener las salas despejadas y liberará los pasillos de caos y negatividad. La limpieza también es imprescindible para el interiorismo, eliminar cualquier rastro de suciedad mantendrá la energía sana por fuera y por dentro. Los carros de ropa sucia Cima son un buen aliado para cumplir esta función.

Colores pastel y blancos

El blanco refleja saneamiento y limpieza. Hay que tenerlo como referente, teniendo en cuenta que es uno de los principios básicos del Feng Shui. Los colores pastel también apoyan esta filosofía, además de en las paredes y mobiliario, hay que aplicarlo a la lencería de las habitaciones. Toallas blancas y nítidas para la armonía del baño. En las camas sábanas serie Mónaco también de color blanco a juego con la colcha Jacquard modelo Formentera de color beige, disponible en El Corte Inglés División Empresas. El azul pastel también contribuye a convertir la sala en una zona de confort, como la Colcha serie Victoria.

Renueva la energía de vez en cuando

Los ciclos de la energía van cambiando y se van reconstruyendo. Es importante cambiar la distribución cada cierto tiempo, renovar materiales e innovar en la decoración. En la sección de sanidad de El Corte Inglés División Empresas, es sencillo conseguirlo. Se puede renovar desde el mobiliario y la decoración hasta la cubertería modelo Ananké. Por ejemplo, cambiando las mesillas de noche serie Aragón por la mesilla serie Asturias, de una habitación a otra. Cambiar los materiales de uso diario como las bandejas de comida, también da un aire nuevo al entorno, hay diferentes modelos para elegir entre los que están, la bandeja Eurocorm policarbonato y la bandeja isotérmica y dotación de color verde pastel.

En definitiva, encontrarse en un entorno agradable en el que respirar buena energía es vital, sobre todo en lugares como los hospitales, que se relacionan con otro tipo de sensaciones. Lo importante es estar relajado y siempre pensar en positivo.

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miércoles, 12 de abril de 2017

El precio de la soledad

soledad

Es bien sabido por cualquier profesional dedicado a la psicología que la gregariedad ofrece infinitos beneficios a la especie humana. Sensibilidad, satisfacción, seguridad, cariño y poder son algunos ejemplos.

De ahí que sea de suma importancia saber hasta qué punto la ausencia de compañía, la soledad, puede afectarnos de manera negativa en nuestro desarrollo evolutivo, dado que un gran porcentaje de todo lo que aprendemos en la vida proviene de otras personas (de nuestros padres, profesores, amigos o, simplemente, de desconocidos).

Kingsley Davis cuenta una historia que merece la pena escuchar:

Ana e Isabel eran dos hijas ilegitimas de familia muy poderosa. Debido a la reputación de ésta, se aconsejó mantenerlas en el más terrorífico vacío social. Ambas pasaron los primeros seis años de sus vidas recluidas en diferentes cuartos sin ningún tipo de contacto con el mundo exterior, salvo Isabel que vivía con su madre sordomuda. Ésta se aseguraba se darle a la niña los cuidados alimenticios e higiénicos más elementales, pero no dejo ni rastro de cariño, atención, instrucción o posibilidad de movimiento. Cuando fueron descubiertas, ninguna sabía hablar ni podía moverse. Además, no mostraron ningún tipo de habilidad intelectual y se mostraban apáticas, indiferentes a todo, inexpresivas, temerosas y hostiles con cualquiera que se les acercara, especialmente si era hombre. Tras un periodo de entrenamiento, Ana aprendió a caminar, a identificar colores, a producir frases sueltas y cierta higiene personal. Murió a los diez años. Isabel, sin embargo, consiguió el suficiente desarrollo como para ingresar en el sistema educativo regular, ¿casualidad?

Tras este particular caso, Davis nos dejaría una cita para la posteridad: “la mayoría de los rasgos que consideramos constituyentes de la mente humana no se encuentran presentes a menos que sean colocados allí por el contacto comunicativo con los demás”.

Casos similares, como el de “Víctor de Aveyron”, esconden el mismo mensaje. Después de conocerlos es innegable que para desarrollarnos como personas con una estructura psicológica adecuada necesitamos de la presencia de otros.

Se ha demostrado que el aislamiento, sobre todo si es forzado, es realmente perjudicial y que el apego de la figura materna, el cariño de nuestros congéneres y la compañía de otros son de vital importancia para el desarrollo psicológico de las personas. Ya lo decía Aristóteles: “el hombre es un animal social”.

Diversos autores han incluido el cariño de los otros como un requisito elemental para el desarrollo del niño y lo ha situado al mismo nivel que la alimentación. Debemos tener presente que, si ya es difícil imaginar la vida de un adulto sin ningún tipo de contacto social, es inimaginable que un niño llegue a ser adulto sin el concurso de otros adultos.

Cierto es que el apego con la madre no dura de por vida, sino que se va diluyendo según pasa el tiempo. Sin embargo, lo que permanece en nuestro interior es la vertiente emocional: la búsqueda de apoyo y compañía, el contacto social, el reconocimiento y el cariño cuando lo necesitamos.

Al satisfacer nuestras necesidades de supervivencia nacen en nosotros otro tipo de necesidades igual de importantes, las necesidades sociales.

En suma, todo se reduce a una sola idea. Nuestra imperiosa necesidad de estar acompañados obedece nada más y nada menos que al hecho de que no podemos alcanzar la mayor parte de las metas de nuestra vida sin la ayuda de otras personas. Dichas metas van desde aprender lo básico (andar o hablar), hasta, por ejemplo, cumplir el mayor sueño de nuestra vida. Y esto no es un capricho, todo nuestro mundo y nuestra idea de cómo es el mundo funciona gracias a que existen más personas como nosotros y eso, entre otras cosas, favorece nuestra supervivencia. No es que queramos, es que necesitamos desesperadamente hallarnos en presencia física de otros.

Photo Credit: adolescente sólo via Shutterstock

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Claves para reconocer a un psicópata

Claves para reconocer a un psicópata y desmitificar la idea de que todos los psicópatas son asesinos o todos los asesinos son psicópatas. Quién sabe, a lo mejor te sientes.

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martes, 11 de abril de 2017

¿Te consideras una buena persona?

buena persona

La esencia de las personas

Si durante la niñez se les proporciona a los niños un ambiente suficientemente bueno, en el que predomine el afecto y el cuidado, pueden desarrollarse adecuadamente, ya que sienten que están en un entorno seguro, en el que sus padres les protegerán pase lo que pase. En este contexto se expresan de forma auténtica, confiando incondicionalmente en sus personas cercanas y en el mundo que les rodea. Los niños muestran sus capacidades y también sus debilidades, no esconden nada, son genuinos y en su esencia son buenos.

A medida que van creciendo ganan autonomía, lo que implica que ya no están los padres para sacarles siempre las castañas del fuego. Se enfrentan a sus primeras frustraciones y en algún momento del recorrido se producen las primeras heridas. Cuando la persona sale al mundo sola crea amistades, se enamora, se enfrenta a retos académicos/profesionales e inevitablemente al vivir se cruza con personas que le hacen daño. La herida puede ser más o menos profunda en función de variables como la naturaleza de la relación (¿es tu pareja, tu mejor amigo, o es un jefe?), tus recursos personales o el apoyo social con el que cuentes para recuperarte.

Las capas que nos ponemos: las defensas

Los primeros golpes emocionales hacen conectar a la persona con un dolor hasta entonces desconocido. Durante mucho tiempo, había ido a pecho descubierto, confiando en el mundo como un lugar seguro en el que nadie, o al menos nadie al que quisiera, le haría daño. Creía que en la vida habría siempre justicia “si yo no me merezco que me hagan eso, no me ocurrirá”. Pero a medida que vives experiencias ves, que a veces te hacen daño sin tú entender por qué y que incluso puede haber personas que te rompan el corazón.

Así que, tras experimentar ese dolor uno trata de evitarlo a toda costa, porque no es algo que desee revivir. Según cómo se haya gestionado el dolor y cómo se haya curado la herida (¿viviste tu dolor en silencio o lo expresaste, dejándote ayudar por tu entorno?), se van estableciendo mecanismos de defensa más o menos rígidos, cuyo objetivo es proteger a la persona de volver a sufrir. Las defensas son como una armadura que las personas se ponen para evitar que los demás les hagan daño: se cierran en sus relaciones; no muestran todo lo que son, sino sólo lo socialmente aceptado; desconfían por norma, e incluso atacan a los demás antes de que les puedan hacer daño a ellos (o como o me comen).

Las defensas son útiles cuando vives en condiciones hostiles o en contextos dañinos, pero pierden toda su eficacia cuando tu entorno es neutro o positivo, cuando estás rodeado de personas que no quieren hacerte daño, sino que eres tú el que ve amenazas dónde no las hay. La armadura te protege de los golpes, pero también te impide sentir lo bueno, sentir el calor humano. Y es que ir con una armadura cuando ya no estás en el campo de batalla no tiene mucho sentido.

Pero hay personas que tras haber sufrido van siempre alerta, sienten que aquello que les ocurrió va volver a pasar en cualquier momento y se vuelven ciegos de su realidad actual. Por ejemplo, tras una ruptura dolorosa no vuelven a abrirse por completo a una pareja; tras sufrir acoso escolar no confían en nuevas amistades; o debido a un fracaso laboral no vuelven a salir de su zona de confort.

La verdadera protección

El problema es que las defensas lejos de protegerte, te aíslan y te alejan de quién realmente eres. Uno se protege de verdad si se respeta, permitiéndose ser uno mismo y para ello es necesario arriesgar aunque no haya garantías de que no se vaya a volver a sufrir. Arriesgar es mostrar tus fortalezas y vulnerabilidades guiándote por tus valores y principios. Se basa en dirigirte hacia aquello que de verdad te hace sentir feliz y que si rascas dentro de ti suelen ser cosas sencillas, pero importantes: estar cerca de tu familia, ayudar a las personas que te importan; reír, tener conversaciones auténticas y sinceras, sentirte laboralmente realizado, viajar, crear tu propia familia, etc.

Vivimos en una sociedad individualista, que fomenta la competitividad en todos sus ámbitos. Lo que ocurre es que nuestras relaciones no son un juego en el que haya que ganar sino, si acaso, uno del que hay que disfrutar. La competición debe reducirse a aquellas áreas que la requieren, porque si siempre vas contra alguien no puedes estar con él y es en el verdadero encuentro, dónde uno puede permitirse quitarse la armadura y ser uno mismo.

Cómo son las buenas personas

Las buenas personas son aquellas cuyos valores y principios están basados en el respeto y el amor. Son personas que disfrutan viendo a los demás bien y si en algún momento aparecen sentimientos condicionados por el miedo, (por ejemplo: la envidia, basada en el miedo a que el otro sea mejor que tú y que por lo tanto tú no valgas nada), los aceptan sin dejar que determinen sus acciones.

Manejan sus sentimientos irracionales de miedo sin pisotear al otro. Las buenas personas confían en los demás y se fijan siempre en sus partes buenas, porque todos las tenemos. Suelen decidir estar ahí para el otro, ayudarle y apoyarle cuando lo necesita, aunque para ello tengan que cambiar planes o incluso les suponga alguna incomodidad. Lo hacen porque estar con el otro y verle bien les vale la pena.

No obstante, ser buena persona no implica ser perfecto. A menudo se cree que para ser buena persona hay que satisfacer siempre a todo el mundo, pero no se trata de entregarse indiscriminadamente, ya que habrá personas que no te respeten y que por lo tanto no merezcan esa entrega por tu parte. Además, uno puede cometer fallos e incluso hacer daño, porque es humano. A veces poner límites implica que el otro sufra, (cuando sus necesidades se contraponen a las tuyas), porque si no lo haces no te respetas a ti mismo.

Otras veces, herimos a los demás porque nos dejamos arrastrar por nuestros miedos e inseguridades. Lo bueno es que, como adultos, contamos con la capacidad para reflexionar, lo que implica que si nos arrepentimos de algo podemos pedir perdón y cambiar nuestra actitud en el futuro (por ejemplo: si tomas conciencia de que por miedo a sentirte infravalorado en tu trabajo boicoteas a tu compañero, puedes dejar de hacerlo). Tenemos la libertad para decidir sobre nuestro comportamiento.

Si te relacionas desde tus defensas, no eres tú. Los demás querrán u odiarán a una persona de hojalata, pero no a la persona de carne y hueso que hay detrás. Si la persona real conecta con su esencia y se deja guiar por lo que a su corazón le llena, por lo que de verdad le hace sentir bien, suele hacer cosas por los demás, suele buscar el vínculo sano que acepta la vulnerabilidad y la fortaleza. Suele ser buena persona.

La mejor persona que he conocido sonreía y trataba con cariño a todo el mundo de primeras. Las pequeñas cosas eran las que más feliz le hacían, su risa sonora en cualquier sobremesa era el mejor ejemplo de ello. Era clara en sus convicciones, poniendo límites cuando algo no le parecía bien, pero también se mostraba leal con los que quería, acompañándolos y ayudándolos en todo lo que podía.

Photo Credit: Mujer abrazándose via Shutterstock

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lunes, 10 de abril de 2017

Amigos con derechos ¿puede salir bien para ambas partes?

Amigos con derecho a roce ¿Se puede sólo ser amigo de alguien con quien se tiene sexo sin acabar enamorándose?, ¿Dónde están los límites entre la amistad y el amor?.

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Cómo superar situaciones difíciles gracias a la resiliencia

resiliencia

Cuando la tempestad abrumadora y el desaliento invaden todo tu ser, te sientes sin fuerzas, porque a pesar de creer tener el control sobre tu vida resulta que caes en el lodo cenagoso. Son momentos de turbulencias aquellos cuando la marea se encuentra bastante alta, entonces un grito de angustia y desesperación se apodera de ti, y aún sin aliento decides levantarte y continuar luchando, porque sabes que librar esa batalla te fortalecerá y formará en ti carácter.

Cuando luchas contra la corriente y de manera introspectiva haces una pausa, logras sacudirte y decir “puedo con esto”, entonces sacas esas garras que llevas dentro de ti y continúas. Realmente eres un ser con una capacidad excepcional para afrontar situaciones difíciles en la vida, lo cual podríamos llamar en psicología resiliencia.

El término resiliencia lo explicamos de la siguiente manera: son factores internos del ser humano, los cuales permiten que tomes el control pleno de tu problema y en medio de la adversidad logres salir adelante.

Todos tenemos estos factores resilientes, pero algunas personas durante el transcurso de su vida pueden dejarlos de lado, porque el temor los paraliza y les impide seguir adelante llenándoles de miedo, quitándoles las fuerzas hasta sentir sucumbir. Prefieren entonces desistir de todo.

En otros casos están esos guerreros valientes, audaces que no ven el problema como tal, sino como una oportunidad para renacer de las cenizas y emprender el camino nuevamente con valentía y optimismo.

El consejo de hoy es sacúdete y continúa a pesar de las circunstancias. Puede ser que estés atravesando por momentos de soledad, tal vez una separación, una enfermedad ya sea de índole personal o familiar, detrimento en el estado financiero, el fallecimiento de un ser querido, quizá otro tipo de situación.

No es fácil decirlo, pero sacúdete y continúa, demuestra tu tenacidad, demuestra que la vida es de valientes, no de aquellos que se quedan tirados en la lona.

Así que permíteme contarte uno, dos, tres, arriba, eres un guerrero, luchador, que jamás se rinde porque has aprendido a desafiar los obstáculos, has comprendido que dentro de ti, existen factores poderosos que te dan las fuerzas para seguir luchando.

Eres un ser resiliente. Recuerdas cuando tuviste una época dura económicamente y entonces cuando tuviste esa maravillosa idea creativa y lograste reinventarte; fue genial como en medio del problema fluyen en ti soluciones favorables y acordes para seguir adelante.

Cuando atravesamos situaciones adversas, empezamos a experimentar una serie de lluvia de ideas, que quizá nunca se nos habían ocurrido, pero justamente tuvimos que atravesar ese momento no grato en nuestra vida, precisamente para que fluyeran ideas innovadoras.

Hay una gran capacidad dentro de cada uno de nosotros para hallar soluciones efectivas a una situación conflictiva, justamente esto se llama inteligencia, encontrar esa solución correcta y adecuada al conflicto, teniendo en cuenta que eso que llamamos problema es una oportunidad para fortalecernos y salir airosos.

Eres un ser maravilloso resiliente e inteligente lleno de gracia, virtudes, dones, talentos valiosos apostando a dar lo mejor de ti día a día. Saca esa idea que tienes ahí guardada desde hace tanto tiempo, hoy puedes tener la oportunidad de darla a conocer.

Cada día es una nueva oportunidad para aportar nuestro grano de arena y dejar una huella indeleble a favor de los demás, que marquemos la diferencia y logremos impregnar a quienes están a nuestro alrededor con nuestra fragancia, con ese toque de victoria, para que otros también comprendan que sí es posible salir adelante en medio de la adversidad.

Rescata tus factores resilientes y conviértete en un triunfador. Animo tu puedes!!

Photo Credit: Resiliencia via Shutterstock

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